Pablo de Laborde - Legajo

Esta obra guarda memorias.

Pablo de Laborde, Legajo, 2026

En un principio, Legajo no tiene un solo color que compita. Sus tonos son blancos, pero ningún blanco es igual al otro. Crema, hueso, beige. Cada rectángulo carga una temperatura distinta. Las esquinas están oxidadas, un amarillamiento que solo se gana con los años. Esa diferencia sutil ya insinúa que estos papeles no nacieron juntos.

El ojo no tiene a dónde correr. No hay escena, ni rostro, ni paisaje. Solo superficie y textura. Existe la sensación de estar frente a algo que ya vivió otra vida antes de llegar aquí.

Sin embargo algo se mueve. Un trazo verde se escapa en la esquina superior derecha, suelto, casi apurado. Unos círculos pequeños se agrupan en la esquina opuesta, restos de un objeto que no reconocemos del todo. La obra parece quieta, pero no lo está.

Esa quietud es una decisión. Pablo de Laborde Lascaris no cuenta una historia. Ensambla rectángulos y dosifica el color hasta casi eliminarlo. Sin narrativa que seguir, el ojo se queda en la relación entre una superficie y otra. La pieza tampoco es plana. Es papel sobre papel, capa sobre capa, sin truco de perspectiva ni sombra fingida.

Lo interesante aparece al deconstruir la superficie.

Esos papeles no son papeles cualquiera. Son invitaciones. Vinieron de una galería, de artistas reales. En algún momento anunciaron una apertura, una fecha, un nombre. La galería se las dio a Pablo. Después cerró. Esos papeles dejaron de servir para lo que fueron hechos y se convirtieron, sin proponérselo, en un registro de algo que ya no existe. Años después, Pablo decidió juntar esas memorias y crear una nueva.

La primera decisión ya carga todo el peso. Pablo voltea el papel. Le da la espalda al nombre del artista, al de la galería, a la fecha. Elige el reverso, la superficie que nadie estaba destinado a ver. Ahí empieza el anonimato, antes de cualquier corte. Lo que queda es la superficie, el papel, el color. La identidad se quedó del otro lado, boca abajo, fuera de vista.

Estos artistas siguen presentes. Están físicamente en la pieza, no solo evocados. Legajo no habla sobre el archivo. Está hecho de archivo.

Hay unas marcas que no se pueden explicar. Unos trazos negros, uno verde sobre los círculos. Podrían ser de Pablo, un gesto rápido antes de decidir el resto de la composición. O del galerista, una nota al margen mientras organizaba el archivo. O del artista original, revisando la prueba de su propia invitación. Las tres opciones son igual de posibles y ninguna se puede confirmar. Esa incertidumbre no es un problema del texto. Es el tema de la pieza. Pablo decide, selecciona, ensambla. Eso lo hace autor conceptual. Pero dentro de la obra hay una mano que actuó antes que él, y esa mano nunca va a identificarse.

Legajo tampoco vive solo. Comparte archivo con Ovejas, otra pieza de Pablo hecha con los mismos papeles de la misma galería. Y Ovejas se conecta con otras dos piezas ligadas a su tiempo en Inglaterra, donde el archivo se mezcla con memoria personal. Seguir esa cadena completa es leer algo parecido a una autobiografía, escrita casi por completo con la letra de otras personas.




Siguiente
Siguiente

Arte Collage