Arte Collage
Nuestro acercamiento con el arte casi siempre comienza por el collage. Antes de aprender a dibujar una perspectiva o mezclar un color, casi todos tuvimos en las manos una revista vieja, unas tijeras sin punta y un tubo de resistol, con la única instrucción de recortar lo que nos gustara y pegarlo donde quisiéramos.
El siguiente paso fue la composición, aunque en ese momento no lo llamábamos así. Alguien preguntaba por qué habíamos pegado esa figura ahí y no en otro lugar, y esa pregunta, tan simple, ya nos obligaba a justificar una decisión visual. Fue probablemente la primera vez que tuvimos que explicar por qué algo va donde va dentro de una imagen.
Por eso no nos parece extraño que en algún momento regresemos a ver el collage y lo apreciemos de otra manera. Que veamos que esto que alguna vez fue un ejercicio tiene, en realidad, un peso artístico propio.
Un poco de historia
En 1912 Braque y Picasso trabajaban juntos en el sur de Francia. Una tarde Braque caminaba por Avignon y se detuvo frente a una tienda. Ahí vio un rollo de papel que imitaba veta de madera. Esperó a que Picasso saliera de viaje esa semana. En cuanto se fue, compró el papel, lo recortó en tiras y las pegó sobre una serie de dibujos a carboncillo. Así nació Frutero y vaso. Esta es la pieza que Braque siempre señaló como su primer papier collé, papel pegado.
Georges Braque, Frutero y Vaso, 1912
Picasso sostuvo durante toda su carrera que él hizo el prmer collage. Aseguraba haber pegado un fragmento de tela con imitación de mimbre sobre un cuadro a finales de 1911, casi un año antes que Braque. Pero no fechó ni firmó esa pieza en su momento. Ambos insinuaron, a su manera, haber sido el primero. Quién lo hizo realmente sigue sin poder comprobarse.
Pablo Picasso, Naturaleza muerta con silla de rejilla, 1912
Lo interesante de este origen no es a quién se le ocurrió primero. Es lo que revela sobre el gesto mismo. El papel que Braque compró en esa tienda ya era una imitación industrial de madera. Estaba impreso en serie para simular el efecto de un panel pintado a mano que a su vez imitaba la madera real. El collage nace jugando con capas de simulación. No es un gesto de pegar algo real sobre el cuadro. Es una forma de meter una imitación dentro de otra.
De esta técnica se derivan después dos parientes cercanos. El assemblage suma objetos encontrados y entra a la tercera dimensión. El décollage hace casi lo contrario, arranca capas de material ya pegado en vez de sumarlas.
La lectura de Greenberg
Clement Greenberg fue el crítico más influyente del arte moderno en Estados Unidos. Escribió sobre el collage cubista en 1959, casi cincuenta años después de que ocurriera. Su lectura se volvió el punto de partida obligado para cualquier discusión seria sobre el tema.
Greenberg lee el collage a través del formalismo, la teoría que él ayudó a construir. Su idea central era que cada disciplina artística avanza al depurarse de todo lo que no le pertenece solo a ella.
La pintura, según Greenberg, tiene una propiedad que ningún otro arte comparte de la misma forma. Esa propiedad es la planitud de la superficie. Por eso para él, la historia de la pintura moderna es la historia de artistas que van abandonando la ilusión de profundidad heredada del renacimiento y empiezan a afirmar la tela como lo que realmente es, una superficie plana. El collage es la pieza central de esa historia. Antes del papel pegado, la pintura podía hacer dos cosas a la vez con la misma pincelada. Podía representar un objeto reconocible. Y podía darle volumen con sombreado, para que pareciera tridimensional. Ambas cosas convivían sin fricción. El papel pegado rompe esa convivencia.
Greenberg lo muestra con Frutero y vaso, la pieza que Braque hizo con el papel de Avignon. Ahí un racimo de uvas pintado con sombreado convincente compite con las tiras de papel, completamente planas. El sombreado tira hacia la ilusión de volumen. El papel tira hacia la planitud. Ninguno de los dos gana.
Esa tensión obliga a elegir entre dos caminos. Uno es la ilusión pura, una profundidad tan general que ya no representa ningún objeto en particular. El otro es la representación pura, aceptar que el papel es plano y usarlo para mostrar un objeto reconocible como silueta, sin fingir volumen.
Según Greenberg, la resolución llega después. Picasso y Braque terminan optando por la representación. Por eso el cubismo, después del collage, vuelve a mostrar objetos reconocibles. Pero ahora como siluetas planas de color, no como formas con volumen fingido. Esa elección abre la puerta al cubismo sintético, donde el artista ya no fragmenta un objeto conocido. Ahora construye un objeto reconocible a partir de piezas simples.
La lectura de Krauss
Rosalind Krauss cofundó la revista October. En 1981 escribió su ensayo “In the Name of Picasso” como contrapunto a Greenberg. Ahí propone leer el collage con las herramientas de la lingüística estructural, sobre todo con Ferdinand de Saussure.
Saussure sostiene que un signo no significa por parecerse a lo que representa, sino por su posición dentro de un sistema de diferencias con otros signos. La palabra “perro” evoca un perro no por semejanza, sino porque ocupa un lugar distinto al de “gato” o “lobo” dentro de la lengua. Krauss traslada esa lógica al collage cubista. Un fragmento de papel pegado no significa por su parecido visual con un objeto. Significa por su relación con los demás elementos de la composición.
El ejemplo que usa es el Violín que Picasso hizo en 1912. La pieza se construye con dos fragmentos recortados de la misma página de periódico. Uno de ellos aparece volteado respecto al otro. Ese giro simple basta para sugerir que el objeto tiene frente y reverso, aunque ambos fragmentos sean igual de planos y vengan de la misma hoja. La profundidad no nace de ningún sombreado, nace de cómo un fragmento se relaciona con el otro.
Pablo Picasso, Violín, 1912
Ahí está la diferencia con Greenberg. Uno ve un problema óptico resuelto con inteligencia formal. La otra ve un sistema de signos que produce sentido por diferencia, igual que una lengua.
El collage en el arte contemporáneo
La cultura digital debería haber reemplazado el collage físico. En cambio, parece estar impulsando su regreso. El académico David Banash, autor de Collage Culture, señala esta paradoja. La omnipresencia de las herramientas digitales viene acompañada de un resurgimiento internacional del collage hecho con papel, tijeras y pegamento.
Banash explica esta paradoja con una idea central. Todo collage funciona como un diálogo entre dos fuerzas. Una es la crítica, el corte que rompe algo. La otra es la nostalgia, el gesto de conservar un fragmento del pasado. El resurgimiento actual se explica mejor por el segundo polo. No es un movimiento de ruptura política como el que tuvo el collage en sus primeras décadas. Es, sobre todo, un regreso a lo táctil, a la imperfección, al gesto de la mano.
Ese regreso ya se refleja en el mercado. Njideka Akunyili Crosby, que construye sus obras con transferencia fotográfica y collage, es hoy una de las pintoras vivas más cotizadas del mundo. Su récord de subasta se ha roto tres veces desde 2017, hasta llegar a 4.74 millones de dólares por una pieza en papel en 2022. La representan David Zwirner y Victoria Miro, dos de las galerías más importantes del circuito. No es un caso aislado. Phaidon publicó una antología completa dedicada al medio, Vitamin C+, Collage in Contemporary Art, con artistas como Wangechi Mutu, Deborah Roberts y Mickalene Thomas. El collage dejó de ser un experimento marginal hace tiempo.
Hay otra explicación, distinta pero complementaria, sobre por qué el público conecta hoy con este medio. El collage refleja la forma en que consumimos información hoy. Fragmentos que se sobreponen sin relación aparente. Un feed de noticias, un recuerdo, una imagen ajena, todo mezclado en la misma pantalla. Ver un collage físico ya no se siente lejano a cómo funciona la mente frente a un teléfono.
El collage ha vivido siempre entre dos fuerzas que no terminan de resolverse. Ilusión o representación, según Greenberg. Un sistema de signos, según Krauss. Crítica o nostalgia, según la lectura más reciente del medio. Esa tensión parece ser lo que de verdad define al collage, más que cualquier técnica específica.