El arte de la recolección
El arte moderno tiene una historia que no se cuenta a menudo. No es la historia de lo que se pintó dentro de los estudios, bajo la luz controlada y el olor a trementina. Es la historia de lo que se encontró afuera, en el frío, entre el ruido del tráfico y el lodo de la banqueta.
Francis Alÿs, The Collector, 1990 - 1992
Durante siglos, el artista fue un constructor. Un artesano que compraba materiales vírgenes para crear ilusiones. Pero hubo un momento en el siglo XX en que el artista se cansó de fabricar. Se dio cuenta de que el mundo ya estaba saturado de objetos. Entendió que su nuevo rol no era añadir más ruido al caos, sino aprender a seleccionarlo.
El artista dejó de ser un creador para convertirse en un pepenador con criterio.
El giro de la rueda
La primera vez que esto sucedió fue en 1913, en París. Marcel Duchamp, buscando distraerse, montó una rueda de bicicleta sobre un banco de cocina. Lo hizo girar. No había intención estética, ni mensaje profundo. Era simplemente un objeto que “no era arte”.
Pero el verdadero golpe de autoridad vino un año después, en 1914. Duchamp entró al bazar del Hôtel de Ville y compró un secador de botellas de metal galvanizado. Un objeto industrial, feo, con pinchos agresivos. Lo llevó a su estudio y no le hizo nada. Absolutamente nada. Solo lo firmó.
Marcel Duchamp, 1914
Ese gesto silencioso cambió todo. Al no tocarlo, Duchamp sentenció que la mano del artista estaba sobrevalorada. Lo que importaba era la elección mental. Fue el nacimiento del “readymade” puro. Pero todavía era un objeto limpio, comprado, industrial. Le faltaba la mugre de la vida.
La catedral de la basura
La suciedad real llegó con la guerra. Mientras Alemania intentaba reconstruirse tras la Primera Guerra Mundial, Kurt Schwitters caminaba por las ruinas de Hannover mirando al suelo. No veía escombros; veía materiales.
Schwitters se dedicó a recoger lo que la sociedad tiraba: boletos de tranvía usados, trozos de madera, alambres retorcidos. Con esa “basura”, empezó a construir sus collages (Merz).
Kurt Schwitters, Merzbild Kjkduin, 1923
Para él, un boleto de metro pisoteado tenía más “aura” que un lienzo blanco. Ese papelito había viajado, había sido tocado. Schwitters fue el primero en entender que la basura es un testigo histórico.
Una vuelta a la manzana
Años después, en el Nueva York frenético de los 50, Robert Rauschenberg llevó esta práctica al extremo. Vivía en el bajo Manhattan y a menudo carecía de dinero para materiales.
Robert Rauschenberg, Bed, 1955
Su famosa obra Bed (1955) nació de esa precariedad absoluta. Al no tener dinero para comprar un lienzo, arrancó la colcha de su propia cama —que había sido de su amiga Dorothea Rockburne—, la manchó de pintura y la colgó en la pared. Rauschenberg borró la línea entre el arte y la vida porque literalmente dormía dentro de su pintura.
La Ciudad de México: El paraíso del recolector
Y así llegamos a nuestro territorio. En los años 90, una generación de artistas entendió que la Ciudad de México era el gran vertedero de la modernidad y decidieron salir a caminarla.
Fue aquí donde Francis Alÿs, un belga fascinado por el caos del Centro Histórico, decidió sacar a pasear a su “mascota”. En su obra The Collector (1991), fabricó un perro de juguete magnetizado con ruedas y lo arrastró por las calles. No buscaba nada en particular, pero el perro regresó cubierto de corcholatas, clavos oxidados y monedas que se le iban pegando en el camino. Alÿs no creó la escultura; dejó que el magnetismo urbano la construyera por él.
Francis Alÿs, The Collector, 1991
En 1991, caminando por un mercado vacío en Brasil, Gabriel Orozco encontró naranjas podridas que los vendedores habían desechado. En lugar de ignorarlas, colocó una en cada mesa vacía. Los locales le gritaron ‘Turista Maluco’ (Turista Loco). Él tomó la foto y la tituló así. Un monumento a la economía del desecho.
Gabriel Orozco, Turista Maluco, 1991
Y fue aquí donde Melanie Smith miró los tianguis y no vio artesanía, sino plástico. Recolectó montañas de objetos de color naranja “químico” —boyas, mangueras, juguetes chinos— para su serie Orange Lush. Con ello nos mostró que el verdadero color de la Ciudad de México moderna ya no es el rosa mexicano, sino el naranja sintético del consumo masivo.
Melanie Smith, Orange Lush I, 1995
El ojo que edita
Al final, la lección de estos artistas es la misma: el mundo ya está lleno. No necesitamos más objetos. Necesitamos más ojos capaces de ver los que ya existen.
Coleccionar arte contemporáneo es coleccionar la mirada de alguien que se atrevió a meter la mano en la basura para sacar una verdad que los demás decidimos ignorar.